Psicología adultos

Nuestra especialidad, los trastornos de ansiedad.

A nuestra consulta, acuden asiduamente personas asegurando que padecen ansiedad pero que no saben realmente qué es lo que les está sucediendo. Sólo que se sienten tan mal que les cuesta describirlo con palabras y que desearían padecer cualquier otro trastorno de tipo físico, (al menos sabrían definirlo o localizarlo) que el tormento diario que les supone levantarse cada día “con ese nudo en el estómago”.

Vamos a tratar de explicarlo de un modo bastante simple y resumido, para que al menos entiendas un poco mejor lo que te pueda estar pasando y sientas un poco más de tranquilidad, ya que la información sobre tu trastorno, es fundamental a la hora de comenzar cualquier tratamiento.

Ansiedad como emoción.

La ansiedad es una emoción natural básica del ser humano, (similar a otras como el enfado, el miedo o la tristeza), que nos ha acompañado durante toda nuestra evolución como especie ayudándonos a sobrevivir, ya que esa emoción tan básica es en realidad, una compleja estructura cognitiva (todo lo relacionado con el conocimiento) y afectiva (relacionado con los sentimientos, las emociones y la motivación) con un sofisticado sistema de procesamiento de la información, encargado de organizar todos nuestros recursos ante situaciones que percibimos como amenazantes. Es decir, es como una “alarma” que nos avisa para que nos vayamos preparando porque un determinado peligro nos acecha, por lo tanto debemos estar listos bien para enfrentarnos o bien para huir.

Es por lo tanto una reacción primitiva, refleja, y cuando esto sucede, se disparan una serie de mecanismos que nos hacen reaccionar, tanto a nivel fisiológico (sudoración, tensión muscular, respiración acelerada, palpitaciones…) como a nivel cognitivo (inquietud, inseguridad, miedo…) o conductual (evitamos la situación, huimos de ella o bien nos enfrentamos).

Por lo tanto, no cabe duda de que es un aviso excelente si la amenaza es real, en ese caso sería una ansiedad adaptativa. Pero, ¿y cuando no lo es? A veces ocurre que esta eficaz alarma, no funciona como debería, disparándose ante estímulos inofensivos, que no suponen un peligro real.

Un pequeño ejemplo.

Pondremos un ejemplo muy simple de un miedo anticipatorio bastante habitual pero que podría derivar a la larga, en un trastorno de ansiedad si la intensidad de la respuesta fuese desproporcionada y la duración de sus síntomas prolongada.

Hoy tengo un examen y creo que lo llevo bien preparado pero me asaltan las dudas y el miedo a suspenderlo porque además me han dicho, que va a ser difícil, y hay algún tema que no llevo tan bien preparado como el resto. De hecho ya me imagino sentado en mi mesa con el papel delante y sin ser capaz de responder a ninguna pregunta, quedándome en blanco, es más, ya veo hasta el suspenso, la reacción de mis entorno y lo mal que me irá todo, si esto sucede.

En esta ocasión está sonando mi “falsa alarma” porque mi cerebro ha procesado esa posible situación que yo anticipo en mi imaginación, como real. Así que empiezo a sudar, el corazón me palpita cada vez más deprisa, me pongo nervioso y me entran ganas de no presentarme. Pero recapacito, tan solo me he puesto nervioso, es algo circunstancial, así que respiro, me relajo, analizo la situación y finalmente me examino porque en el fondo sé que estoy preparado y puedo aprobar. Esto sería lo normal, y ¿a quién no le ha sucedido alguna vez?.

Pero si no me hubiese presentado al examen por miedo a suspenderlo, o si esos pensamientos inundaran mi mente en el momento de empezar a escribir. Es más, si me sucediera en mis siguientes exámenes, y comenzase a suspender por el bloqueo que me provoca el creerme que no lo voy a conseguir. Si no lograra gestionar la situación de ninguna forma (y esto me ocurriera puede que también en otras situaciones de mi vida cotidiana y durante un largo período de tiempo), mi miedo y ansiedad ya no serían adaptativos, ya no me ayudarían a resolver las situaciones o problemas, me perjudicaría, aparecerían los miedos irracionales, el insomnio, la preocupación en exceso, alguna crisis, la evitación de situaciones por temor… Y mi vida se vería limitada y condicionada por miedo a hacer cosas que antes realizaba sin ningún problema, sólo porque ahora veo “peligro” o “amenaza” donde en realidad no lo hay, o al menos no tengo evidencia de que así sea.

Mi ansiedad ha pasado a ser disfuncional y debo acudir a un profesional que me ayude a gestionarlo lo más pronto posible.

La ansiedad ante los exámenes, supone un problema para muchos estudiantes, que además afecta negativamente a su rendimiento.

Ansiedad como rasgo y como estado.

Es importante destacar, y en ello coinciden muchos autores, que la explicación del desarrollo y mantenimiento de los trastornos de ansiedad es de naturaleza compleja y multicausal. Y que en ello influyen factores y procesos tanto biológicos, como psicológicos, de desarrollo, culturales y de personalidad.

Porque la ansiedad no es sólo una reacción emocional, sino que también puede ser considerada como un rasgo de personalidad, cuando pasa a ser una característica del individuo, relativamente estable a lo largo del tiempo y en diferentes situaciones. En la que se encuentran diferencias individuales importantes.

La diferencia entra rasgo y estado es que el rasgo se refiere a la tendencia individual a reaccionar de forma ansiosa. Las personas más ansiosas lo tienen muy marcado y les hace percibir muchas situaciones como amenazantes y a responder con estados de ansiedad muy intensos. Mientras que el estado es transitorio y fluctúa en el tiempo.